Con la entrada del otoño, llega un día muy señalado para los jóvenes de Chile: el reingreso a colegios y universidades. La preparación para el nuevo curso implica hacer una provisión de los materiales que serán necesarios durante el mismo. Si bien el contenido de estudio es diferente en función de la edad o los programas elegidos, hay un artículo que es un denominador común para todos los grupos. Hablamos de las calculadoras. Tanto para los niños que copan las aulas de las escuelas como para adolescentes o universitarios, ésta es una herramienta que resulta de gran utilidad en numerosos escenarios. 
Para los más pequeños, la calculadora sirve a modo de corrección, pues permite comprobar que la operación realizada de forma manual es correcta. De esta manera, los alumnos encuentran más motivaciones a la hora de realizar los ejercicios, ya que pueden verificar si han desarrollado el problema correctamente o tienen algún error; sin necesidad de esperar a llegar a clase para que el profesor lo corrija. Son, además, un aliciente para que las matemáticas se conviertan en una asignatura divertida. Cada vez más niños están familiarizados con las nuevas tecnologías y los dispositivos digitales, así que aprender cómo funciona el aparato no resulta ningún problema. Sería, sin duda, una adquisición muy positiva para sus estudios.
En el caso de los adolescentes o estudiantes universitarios, la calculadora resulta imprescindible para resolver determinados problemas. De hecho, muchos profesores permiten en los exámenes su uso, ya que, de lo contrario, los estudiantes tendrían que invertir tanto tiempo en realizar los cálculos que no podrían contestar a los asuntos importantes. Estos grupos suelen utilizar una calculadora científica, que es mucho más completa y permite realizar operaciones complejas.
Este concepto nos lleva a otra de las ventajas de utilizar esta herramienta: el ahorro de tiempo. Hay operaciones largas y pesadas. Los estudiantes ya conocen su estructura y las fórmulas para resolverlas, pero tendrían que dedicar muchos minutos a resolverlas. Mediante el uso de la calculadora, este periodo se reduce notablemente, lo que permite ganar tiempo para otro fin. De la otra manera, muchos usuarios desistirían de completar el ejercicio y las asignaturas con operaciones matemáticas se convertirían en las más rechazadas por parte del alumnado.
De la primera al ‘mini ordenador’
La primera calculadora moderna fue creada a finales del siglo XIX, obra de un español, y está guardada en un museo de Nueva York. Desde entonces, esta herramienta ha ido evolucionando hasta convertirse, a partir de los noventa, en un recurso habitual en los centros educativos de Chile y otros lugares del mundo. Hoy en día, este artilugio nada tienen que ver a los que se fabricaban hace varias décadas. La oferta, además, es muy amplia, pues los padres de alumnos de colegio pueden adquirir calculadoras científicas de más de cincuenta marcas, entre las que destacan Casio, Kenko o Pacific.
Algunas de ellas tienen cobertura de conectividad, por lo que se pueden conectar con dispositivos externos, almacenamiento interno o espacio para incorporar una memoria ram. Se convierten en pequeños ordenadores que tanto niños, como adolescentes y universitarios pueden aprovechar, sacando un gran rendimiento a cada operación.